Una remezcla y apropiación breve y simple de la novela de Cristina Rivera Garza “Nadie me verá llorar”
Nadie me verá postear
Nunca pensé que terminaría aquí, en este centro de rehabilitación perdido en la ciudad. Las paredes blancas con grietas parece que se caen, la luz apenas se filtra y el olor a desinfectante se ha convertido en mi rutina. Mi cámara, que alguna vez fue mi escudo y mi excusa para acercarme al dolor ajeno, ahora duerme en el fondo de una mochila vieja, cubierta de polvo. Me han dicho que esto es parte del proceso, que es mejor así. Que solo me queda mirar hacia adentro.
Fue en una de las terapias grupales cuando la vi por primera vez. Camila, sentada en la esquina, con la mirada perdida en la ventana, como si aún se aferrara a un mundo al que ya no tiene acceso. A veces murmura para sí misma o escribe cosas en el borde de una hoja de papel, y, cuando alguien se le acerca, simplemente sonríe fríamente. Algo en ella me resultó familiar, pero no supe qué era hasta que alguien susurró que era famosa en Instagram, que antes tenía millones de seguidores y que ahora está aquí, escondida del mundo.
No sé en qué momento empecé a seguirla, a vigilarla. Había algo en su silencio que se parecía demasiado al mío. Un día, en el comedor, la encontré sola y me senté frente a ella. No me miró al principio, pero luego deslizó los ojos hacia mí, con una mezcla de indiferencia y curiosidad. No le dije quién era ni lo que hacía antes, solo dejé que el silencio fuera llenándose de palabras hasta que empezó a hablar.
"Las redes me salvaron y me destruyeron", dijo, como quien cuenta un chisme ya olvidado. Me habló de su vida en Instagram, de las fotos perfectas, de los viajes, de la gente que la seguía y de cómo, un día, esa misma gente se volvió en su contra. Un error, un comentario mal entendido, y todo su mundo digital colapsó como un castillo de cartas. En días, pasó de ser adorada a ser el blanco de odio y desprecio, y tuvo que desaparecer.
Sus historias me fascinan. Por las noches, cuando regreso a mi habitación, escribo sobre ella en un blog anónimo que nadie lee. Es un hábito que no he podido abandonar: capturar la esencia de las personas, aunque ahora lo haga en palabras en lugar de fotos. Cada relato de Camila es un espejo roto en el que intento encontrarme también, un reflejo distorsionado de mi propia caída.
A veces me pregunto si Camila es real o solo un personaje que inventé para no sentirme tan solo. Tal vez es una excusa, una forma de no enfrentar mis propias culpas. Pero, cuando la veo en el pasillo, cuando escucho el eco de sus pasos en el centro de rehabilitación, sé que está tan atrapada como yo, entre un pasado del que no puede escapar y un presente que se le escapa entre los dedos.
Quizá nunca podré ayudarla a salir de aquí, pero, al menos, mientras la escucho, siento que estamos juntos en esta celda invisible que las redes y nuestros recuerdos han construido alrededor de nosotros. Tal vez nadie nos vea postear otra vez, pero al menos alguien nos verá existir.
Imagen generadad con la asistencia de la IA


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