MARGAUX BOUCHER, PRIMERA PARTE
Bajo el cielo de un espléndido París de 1909 se vestía una ciudad de movimientos vanguardistas, de pintores y escritores que volcaban su tiempo y sus penas en sueños de grandeza. Palpitaban sus calles y se abrían las puertas a esos idealistas. Mecenas del arte sucumbían a la vitalidad que acarreaba el nuevo siglo. Fue el caso de Gertrude Stein, cuya casa sería el deponente de un amor fulminante. El barrio de Montparnasse se había convertido en el epicentro del arte y la literatura en evolución. Entre las estrechas calles y los cafés bohemios, la figura de Gertrude Stein emergía como una fuerza magnética que atraía a los artistas y escritores más innovadores de la época. Su salón en el número 27 de la Rue de Fleurus, un apartamento pequeño y modesto, pero repleto de cuadros de Cézanne, Matisse y Picasso, se convirtió en un lugar mítico, donde se reunían mentes brillantes para discutir sobre arte, literatura y el futuro. Cabe señalar que en 1907 Gertrude conoció a un joven Pablo Picasso, un pintor español de 26 años con una mirada intensa y un aire desafiante. Ella había visto una de sus obras, un retrato de una mujer que parecía emerger de la pintura con una energía primitiva y cruda, y quedó fascinada. Decidió comprar la obra, y a partir de ese momento, Picasso se convirtió en un visitante asiduo del salón de los Stein, donde se le podía ver discutiendo acaloradamente con otros artistas sobre los caminos del arte moderno.
Picasso le pidió a Gertrude que posara para un retrato. Durante meses, ella acudió al estudio del pintor, sentándose frente al caballete mientras él esbozaba y pintaba. Las sesiones eran largas y exhaustivas, pero Gertrude disfrutaba del proceso casi meditativo de posar, y veía cómo las líneas y formas en el lienzo cambiaban de un día a otro. Sin embargo, el rostro en la pintura nunca parecía ser el suyo. Una tarde, mientras Picasso trabajaba en los detalles finales, Gertrude le dijo: "Pablo, no me parezco en nada a esa mujer en el cuadro". Él, sin dejar de pintar, respondió con calma: "No te preocupes, Gertrude, eventualmente te parecerás a ella". Era una afirmación extraña, pero también una declaración sobre el poder del arte de trascender la realidad y reinventar lo representado. El resultado final fue un retrato impactante y controvertido. La imagen de Gertrude no se parecía a una mujer real, sino a una figura que parecía tallada en piedra, casi arcaica. Algunos de sus amigos se mostraron desconcertados, pero ella entendía la audacia del trabajo de Picasso. En ese cuadro, Picasso había comenzado a explorar las formas que llevarían al cubismo, un movimiento que revolucionaría el arte moderno, y ella se convirtió en parte de esa transformación.
Los años entre 1906 y 1910 fueron cruciales para Gertrude Stein, no solo como coleccionista de arte, sino también como escritora. Inspirada por los nuevos lenguajes visuales que Picasso y otros artistas estaban desarrollando, Gertrude empezó a experimentar con el lenguaje en su escritura. Buscaba romper con la lógica tradicional de la narrativa, igual que los pintores rompían con la perspectiva y la figura. Sus textos se llenaron de repeticiones, ritmos inusuales y una estructura fragmentada que desafiaba las convenciones literarias.
El salón de la Rue de Fleurus seguía creciendo en fama. Los sábados por la noche, artistas y escritores se reunían allí. Picasso, por su parte, le regalaba a Gertrude pequeñas pinturas y bocetos en señal de amistad, y ella continuaba comprando sus obras, convencida de que estaba presenciando la historia del arte en formación.
En esos años, París era un hervidero de ideas y de cambios. Gertrude Stein y Picasso, junto a otros artistas de la vanguardia, se encontraban en la encrucijada de la modernidad. Eran pioneros que se atrevían a desafiar los cánones establecidos y a buscar nuevos modos de ver y representar el mundo. Entre las paredes de la Rue de Fleurus se estaba forjando un nuevo lenguaje para el arte y la literatura, uno que marcaría el siglo XX de manera indeleble.
Gertrude y Picasso siguieron caminos diferentes a medida que avanzaba la década, pero su amistad y sus respectivas obras continuaron influyendo en el otro. Para Gertrude, Picasso siempre sería el joven atrevido que la ayudó a encontrar su voz literaria a través de la ruptura de formas. Y para Picasso, Gertrude fue una musa y una aliada en los momentos en que el arte más necesitaba del coraje para romper moldes. En el retrato que le pintó, aún colgado en su salón, veía no solo el reflejo de una época, sino también la audacia de un momento que cambió para siempre la historia del arte.
Con este escenario de propuestas y cambios fue con el que Margaux Boucher decidió traspasar las fronteras que la contenían en un mundo de cuento. Margi, hija única y heredera de una gran fortuna Sus padres no vacilaban en darle todo lo que a Margi se le pudiera ocurrir, era su única hija, la heredera y la futura esposa de algún encumbrado de la realeza europea. La joven, con piel de avena y ojos pincelados de sueños, tenía 19 años.
Al anochecer, el umbral de la casa de sus padres se perdía tras la ligereza de sus pasos, salía de la casona para perderse en los cafés parisinos cuyo escenario la reconfortaban más que los compromisos sociales y la plática de los caballeros que desfilaban bajo la experta supervisión de su madre.
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