JOSÉ MARÍA VARGAS, SEGUNDA PARTE

 



En ese contexto figuraba José María Vargas que saludaba a la gente al cruzar la gran puerta de madera que embellecía la fachada de la magna residencia de Palacio Nacional. Un hombre entrado en sus 40, alto, ojos verdes y tez tostada por el sol que lo abrazó desde su infancia en un pueblito perdido entre las montañas de Guerrero. Ese niño, analfabeta y huérfano, se embriagaba ahora por un poder casi absoluto cobijado por el régimen porfirista. Sin embargo, ese poder no logró que huyera de sus pasiones, esas prohibidas, esas que matan. La discreción, le decía a Pedro, su cochero desde hacía tres años, es la capa que vela los ojos de cualquiera. Pero nunca vio los ojos de terror del joven hasta que hubo de encontrarse entre las paredes del psiquiátrico.

            José María Vargas era un hombre ambicioso, político astuto. Pero como todo político, celaba un secreto, lo prohibido, lo amoral para una época de morales fatuas y convencionalismos sociales que esclavizaban. Apenas llegado a Palacio Nacional conoció a Isabella, una hija putativa y protegida del mandatario. Su porte, elegancia y el color mulato de la piel parecían crear a su alrededor una atmósfera de misterio, y a ello habría de sumarle la eterna compañía de Clemente, su marido. Descendiente de algún virrey, decían; sin encanto, pero el de su mujer, y con un dejo de malicia que alejaba a hombres y mujeres por igual. 

Isabella no pasaba de los 21 años. Conoció a José María, inevitablemente, en un círculo social estrecho entre festejos nacionales, juegos pirotécnicos y lecturas en la biblioteca del tan admirable Palacio Nacional. Ahí se dejó seducir por el político experimentado quien no dudó en hacerle el amor, hablarle quedo y rozar, cada vez que podían, su cuerpo, labios y sexo. 

            Si José María era ambicioso y astuto, Clemente potencializaba esas cualidades y en el mundo en el que se movían, como en el ajedrez, gana el más hábil. 

            El marido traicionado no se debatiría con quien provocara la infidelidad de Isabella. No se sabría. No se debía saber. Para mantener el honor de su matrimonio sometió a José María, lo acorraló, lo despojó de toda su hombría y humanidad sin misericordia.




Bajaba el hombre de la escalera de Palacio cuando Clemente lo interceptó, lo invitó al carruaje donde Isabella los esperaba. La amante, cabeza en alto, no le sostuvo la mirada. En silencio echaron a andar hasta una casa semidestruida a las afueras de la ciudad. Descendieron los dos hombres, entraron al lugar que despedía un olor ligero a azufre, a metal. José María en un intento por despabilarse se dio cuenta que había pólvora por todos latos. Al final de la segunda habitación, atado a una silla estaba Pedro, el joven cochero. Le gritaba que él no había dicho nada, se lo juraba entre llantos. José María, apagado y como si fuera un muñeco de trapo se dejó caer, azotó sus rodillas contra el suelo, su secreto velado, su amante pedía compasión. Clemente fustigó y encendió la pólvora. Sin poder asimilarlo José María se cubrió el rostro y sintió cómo el fuego abrazaba a Pedro. El olor distintivo y penetrante de la pólvora selló el futuro del político. Se trastocó su cordura. 

Ahora, en La Castañeda descubría el terror en los ojos de Pedro, esos que no quiso ver. Enmudeció desde el momento mismo en el que la verdad lo alcanzó.





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