JOSÉ MARÍA VARGAS, PRIMERA PARTE
¡Fuego!, ¡fuego!, gritaban. Las voces no dejaron de escucharse durante toda la noche hasta que el silencio se agolpó sobre la cabeza de José María en las primeras horas de la mañana. El dolor de la pérdida del amante lo acariciaba mientras la rutina en La Castañeda lo enmudecía. Del hombre calculador y frío de antaño no quedaba ninguna señal. La lucidez y el pánico se debatían un espacio en ese laberinto cerebral. El recuerdo de Isabella y Clemente le susurraban palabras de traición.
José María, otra hora un ejemplar político, cruzó las puertas del psiquiátrico amordazado. No debía hablar, no durante la dictadura. Aunque su voz se dejó oír, dicen, por los pasillos y entre las paredes de un hospital que colapsaba con el paso del tiempo. En 1968, ya nadie estaba para escucharla.
Años atrás, José María contemplaba la bandera de México ondeando en la parte más alta del Palacio Nacional de México, ese construido sobre la residencia “Casas Nuevas” que el Tlatoani Moctezuma Xocoyotzin edificara en 1502 y ahora se levanta con majestuosidad en el corazón de la Ciudad de México.
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NOTA DEL AUTOR
Cabe hacer un relato en este momento sobre este edificio que ha sido testigo de la historia turbulenta y fascinante de la nación desde los tiempos de los antiguos mexicas hasta la época moderna. Su historia es una mezcla de poder, conspiraciones, tragedias y esplendores. A lo largo de los siglos, su fachada ha visto pasar emperadores, virreyes, presidentes y revolucionarios, cada uno dejando huella en sus muros de piedra volcánica.
En un tiempo remoto, mucho antes de que se escucharan los primeros ecos de los conquistadores europeos, el terreno donde hoy se levanta el Palacio Nacional estaba ocupado por el palacio de Moctezuma II, el tlatoani mexica. Este era un complejo deslumbrante, con patios, jardines y estanques donde el emperador recibía a sus súbditos y nobles, quienes llegaban para rendirle tributo y presentar sus ofrendas. Según los relatos de los cronistas españoles, las paredes estaban decoradas con plumas de aves exóticas y piedras preciosas que brillaban bajo el sol. Pero aquel esplendor se vio truncado con la llegada de Hernán Cortés en 1519. El conquistador, fascinado por la magnificencia del palacio, se apropió de él y lo convirtió en su residencia, un símbolo del dominio español sobre los mexicas. En estos mismos patios Moctezuma fue hecho prisionero y se escucharon sus últimas palabras antes de ser apedreado por su propio pueblo. La caída del imperio azteca transformó el palacio en el núcleo del nuevo poder que emergía de las cenizas de Tenochtitlán.
Con la consolidación del Virreinato de la Nueva España, el edificio fue reconstruido como la sede del poder colonial. Desde 1562, fue residencia oficial de los virreyes, quienes gobernaban en nombre de la Corona española. Al caminar por los pasillos de piedra, los virreyes se rodeaban de esplendor, pero también de intrigas y temores. En los grandes salones se discutían los asuntos del gobierno colonial, se tramaban conspiraciones y se tomaban decisiones que afectaban a todo el virreinato. Uno de los virreyes más notables que habitó el palacio fue el Conde de Revillagigedo, quien impulsó reformas para mejorar la vida en la capital. Sin embargo, no todos los virreyes dejaban un legado positivo; algunos caían en la corrupción y el abuso de poder, desatando la ira del pueblo que veía el palacio como un símbolo de la opresión.
Con el estallido de la Guerra de Independencia, el destino del Palacio Nacional volvió a cambiar. Tras la consumación de la independencia en 1821, Agustín de Iturbide, el primer emperador de México, se instaló en el palacio, ahora transformado en sede del nuevo imperio. Las celebraciones y ceremonias que se llevaron a cabo en esos días intentaban recrear la grandeza de las cortes europeas, aunque el sueño imperial duró poco. La abdicación de Iturbide en 1823 marcó el fin de una época efímera y dejó al palacio sumido en el caos.
Décadas más tarde, en 1864, el Palacio Nacional vio el regreso de la monarquía con la llegada de Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota. Aunque prefirieron residir en el Castillo de Chapultepec, el Palacio Nacional continuó siendo un símbolo del poder imperial. Sin embargo, la turbulenta situación política y las crecientes tensiones con las fuerzas republicanas de Benito Juárez pusieron fin al Segundo Imperio, y Maximiliano fue fusilado en 1867. Las sombras de su tragedia aún parecían recorrer los salones vacíos.
Con el restablecimiento de la República, el Palacio Nacional se convirtió en la sede del gobierno federal y residencia oficial de los presidentes. Durante el Porfiriato, se llevaron a cabo importantes remodelaciones que dotaron al edificio de la forma que tiene hoy. Porfirio Díaz, con su amor por la arquitectura neoclásica y los símbolos de modernidad, impulsó reformas que le dieron al palacio un aire europeo. Bajo su mandato, el palacio no solo era un centro de gobierno, sino también un escenario de fastuosos eventos sociales. Sin embargo, las tensiones sociales que se acumulaban en el país estallaron en la Revolución Mexicana. Los ecos de la lucha se escucharon incluso en los muros del palacio. Francisco I. Madero, quien derrocó a Díaz, asumió el poder en 1911 y desde ahí intentó consolidar la democracia, pero fue asesinado en 1913 durante la Decena Trágica. El palacio fue entonces testigo de los enfrentamientos y traiciones que sacudieron la política mexicana durante esos años oscuros.
En el siglo XX, el Palacio Nacional se transformó en un símbolo de la nueva identidad mexicana. Uno de los momentos más importantes fue la creación de los murales de Diego Rivera en la década de 1920. Rivera pintó la historia de México en las paredes del palacio, desde el mundo prehispánico hasta la Revolución, capturando tanto las glorias como las tragedias que definieron al país. Los murales narran con imágenes vibrantes la historia de un pueblo que ha luchado incesantemente por su libertad y dignidad.
Hoy en día, el Palacio Nacional no es solo un edificio histórico; es un testimonio viviente de los cambios y continuidades de México. Sus paredes, aunque silenciosas, guardan las voces de emperadores, virreyes, presidentes y revolucionarios. Cada piedra es testigo de siglos de historia, de la grandeza y la caída de los poderosos, de la lucha por la independencia y la democracia, y de la creación de una identidad que sigue evolucionando.
A través de sus pasillos y salones, las sombras del pasado caminan junto a los visitantes. Cada rincón evoca recuerdos de conspiraciones, celebraciones, traiciones y logros. El Palacio Nacional es más que un monumento; es un reflejo de la nación misma, un espacio donde la historia sigue viva, esperando ser contada una y otra vez.
Imagen generada con la asistencia de la IA


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