El Chulo




 

Los ojos y la voluntad se detienen en un momento de la historia. Se fija la mirada. Es imposible descifrar el alma, pero nos lo dice la figura que detona piedad a pesar de los años.

            “El Chulo” extendió la mano derecha tratando de disimular el dedo meñique cuyo tendón contraído parecía estar aguantando la respiración. Unas cejas brotaban sin orden de su pequeña frente. Todo se ceñía sobre la nariz aguileña, herencia de su padre, y orificios que apenas alcanzaban a abrirse para ventilar los pulmones. Con una delineada boca de comisuras vencidas por la gravedad y los años dijo:

   Á votre service, Madame — un hilo de saliva no se resistió y se precipitó fuera, sin rumbo.

“El Chulo” lucía un cabello crispado, inaccesible, de color difícil, ni café, ni rubio; más bien un tono a polvillo que se asomaba cada vez que retiraba de su cabeza el sombrero texano Stetson desgastado por un uso implacable. Parado, casi erguido, daba un aire de educación militar perdida en el tiempo que quizá ni sus lóbulos cerebrales reconocieran ya, pero ahí estaba. Sus modales, adquiridos a lo largo de andanzas por el viejo mundo, reconocían al caballero de camisa imitación seda. Con ambas manos, más huesos que carne y su meñique acortado, se tomaba las hebillas de un pantalón que alcanzaba apenas sus tobillos. Asomados los pies gritaban sus grietas y el dolor que unas suelas devoradas por kilómetros de piedra, tierra y cemento le provocaban. Sus iris de un tierno verdor circular parecían salirse de órbita si se les observaba con rigor.  

Las puertas de La Castañeda se cerraban detrás de él con seis candados. Por fuera un letrero “Passage interdit”. Su lóbulo derecho decidió desconectarse del izquierdo que languidecía sin remedio frente a una madame vestida de blanco quien con una sonrisa amable le anticipaba su estancia. 

Sentiría, “El Chulo”, los pasos y el trote de la Revolución Mexicana. Con los años advertirían sus quebradizos huesos la pesadez de la decadencia de La Castañeda.

Se paró en el tiempo. Avenidas, calzadas, edificios disfrazaron un mundo paralelo envuelto en opacidades. Dicen que fue la modernidad la que impulsó su construcción. Ese brinco que nos pondría a la vanguardia junto con países europeos que ya se sumergían en el cosmos de la psique para su estudio. 

Dicen que fue la voz de un hombre la que impulsó todo. Que era un dictador con sueños progresistas. 

El General Porfirio Díaz, acusado por la idea de presentar al mundo una urbe afrancesada en América, dispuso de todo su poder político y económico para llevar a cabo la planeación urbanística de la capital de México con las características propias de aquel país europeo. Sus planes involucraron el levantamiento de un hospital psiquiátrico con los más grandes estándares. En 1910, jardines rodeaban el centro de salud, paredes blancas, muebles importados el Viejo Continente. Opulencia. Y benefactores de la alta sociedad acudieron a la inauguración. Sin embargo, el sueño fue trastocado por un pueblo que se revelaba, que expulsaría del país al mentor del florecimiento europeo. Llegó el movimiento revolucionario. Llegó la decadencia para La Castañeda. Pasaron los años y sus mitos, ahora, andan por las calles que rodean donde antes se situara un palacete para desequilibrados mentales.


Imagen del Chulo generada con IA


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