ADELITA CASTRO, PRIMERA PARTE
Tienes un ojo muy abierto. Demasiado. Sólo uno. Inyectado. Sientes como si esos pequeños vasos oculares fueran a estallar. ¿Pestañas?, no, ya no. Tu mano izquierda empieza a contraerse. La dolorosa agonía te confunde, ¿es el arrepentimiento o ese olor? ¡Qué lejos llegaste, ¿verdad?!, y ¿lograste algo? La mitad de tu cuerpo se sumió hace ya un tiempo en un profundo letargo, lacio. La mitad de tu boca, de tu nariz, de toda tu cara, de tu cuerpo, simplemente un día dejó de vivir. En tu desesperación intentas mover la silla con el único e inútil pie que te funciona, tu brazo medio servible busca la rueda para hacerla girar; pero nada. El olor empieza a estrangular tus vías respiratorias. No imaginabas lo que ibas a sentir. Sí, ya te diste cuenta. La otra parte de tu cuerpo, la no tan flácida, te reclama. Tu mano termina de tragarse la foto. ¿Quién habla allá afuera?, ¿se ríen?, ¿es de ti? Escuchas pasos que van y vienen, ¿acaso es gente que baila? Oyes música. ¡Es tu canción! Las voces, unas agudas, otras más graves. Su sonoridad te aturde, se funden con crujidos de madera. ¿Se burlan? Ya no eres la mujer valiente y decidida que luchaba por un ideal y por su hombre. Lo acompañaste en la batalla. Eres “La Adelita”, la mujer de uno que te traicionó. Canta, más como un lamento, canta:
En lo alto de una abrupta serranía,
acampado se encontraba el regimiento.
y una moza que valiente lo seguía
locamente enamorada del sargento.
Popular entre la tropa era la Adelita
la mujer que el sargento idolatraba,
y además de ser valiente era bonita,
que hasta el mismo coronel la respetaba.
Y se oía, que decía, aquel que tanto la quería:
Si Adelita se fuera con otro
la seguiría por tierra y por mar,
si por mar en un buque de guerra,
si por tierra en un tren militar.
Y si acaso yo muero en campaña,
Y mi cadáver lo van a sepultar,
Adelita, por Dios, te lo ruego,
que por mí no vayas a llorar.
Imagen generada con la asisentecia de la IA
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